Good girl

 

No sabía ni que día era y, aún así, salté de la cama y corrí hacia la ducha. Dentro de mí habitaba un botón que me hacía saltar cada mañana como si tuviera un resorte dentro. El botón me dominaba y me impulsaba a hacer todo lo que una «good girl» debe hacer: levantarse pronto, ducharse, desayunar convenientemente e irse a trabajar, procurando llegar siempre antes de la hora. Era un pequeño y ordinario robot que hacía lo que se esperaba de él y al que nunca le faltaba batería.

 

Mientras me enjabonaba con un gel con aroma a wasabi, pensé en que mi viejo despertador no había sonado. Tampoco el móvil que siempre permanecía en el salón, por si el despertador, herencia de mi abuela, se negaba a seguir sonando cada mañana a las seis en punto. Nunca había fallado, pero, quién sabe… Algún día habré de jubilarlo. Es demasiado escandaloso y algún vecino ya se ha quejado.

 

A lo que iba. El despertador no había sonado. Mi móvil de ultimísima generación, tampoco. Pero, ¿qué día es hoy? Ayer estuve en los juzgados de primera instancia toda la mañana y por la tarde… ¡Madre mía! ¡Hoy es sábado! ¡Vaya…! El estrés me la ha vuelto a jugar. Ya que estoy en marcha, duchada y muy despierta, no voy a volver a meterme en la cama. Total, nadie me espera en ella. Algo habrá que hacer en la ciudad un sábado a las seis de la mañana, digo yo.

 

Terminé de ducharme, peiné todo el pelo hacia atrás, me vestí con unos vaqueros gastados, mis viejas converse blancas, camiseta gris y una chaqueta de pana de color aceituna. No olvidé ponerme mis pendientes favoritos. Agarré la bandolera, metí la cartera dentro, las gafas de sol y las llaves de casa. Hoy desayunaré lo que el cuerpo me pida. Bocata de pata y un buen café con leche entera, con mucha espumita. Se me hacía agua la boca.

 

Salí de casa, cerré con llave y esperé el ascensor. Llegó en unos segundos. Todo el mundo debe estar aún en el tercer sueño. Se abrió el ascensor y ahí estaba mi vecina del sexto, con su perrito en miniatura en los brazos; esa a la que le molesta mi despertador a pesar de estar sorda como una tapia. Los ladridos y aullidos de su perrito no le molestan, pero dice que oye mi despertador.

 

Buenos días —dije con educación.
Buenos días —contestó mi vecina del sexto con una seca entonación y sin levantar la vista de su perrito en miniatura.
¡Qué tempranito sale usted hoy! —comenté por intentar romper el silencio.

 

No me contestó. Solo alzó la vista y me dirigió una mirada de desprecio.

 

Se hizo largo el recorrido del ascensor hasta que llegamos al bajo. Salió del ascensor sin hacer ademán de saludo.

Que tenga usted un buen día —dije alzando un poco la voz para que pudiera oírme.

 

Mi vecina del sexto hizo como que no me oyó y siguió caminando delante de mí. Al ir a abrir la puerta se dio cuenta de que estaba cerrada con llave y, como llevaba en los brazos al perrito en miniatura, no podía sacar la llave del bolso.

 

Me echó una mirada matadora. Yo se la devolví con una sonrisa en los labios. Ninguna habló. Permanecimos una enfrente de la otra durante unos perturbadores segundos. Yo la miraba y ella me miraba. Observé cómo le iba cambiando la cara hasta llegar a apretar los labios. Empezó a fruncirlos hasta que vi cómo los despegaba y escuché salir un sonido a través de ellos.

 

¿Podrías abrir la puerta? —dijo.
Por favor.
¿Cómo?
Por favor.
¿Podrías abrir la puerta, por favor? — gruñó mi vecina del sexto.
Faltaría más, señora. Le abro.

 

Abrí la puerta, me puse a un lado y la dejé salir. Apuró el paso como viento que lleva el diablo. Me sentí liberada. Nunca me había atrevido a decirle nada cuando me la encontraba en el ascensor cada mañana. Me limitaba a aguantar su indiferencia o sus miradas de desprecio, así como sus quejas sobre el ruido de mi despertador.

 

Mientras caminaba con paso relajado, tomé aire con fuerza y los pulmones se me llenaron del frescor de la mañana. Un tipo alto y atractivo pasó a mi lado, me miró y sonrió. Le sonreí. Cada uno siguió su camino. Miré hacia arriba y vi el cielo de un profundo azul. La ciudad ya estaba despierta. Muchas personas iban y venían y me parecían más contentas que de costumbre.

 

Un día precioso, querida —me dije a mí misma mientras andaba sin saber muy bien el rumbo. Todo un gusto, para variar.

 

Relato corto original de Laube Leal. Este relato pertenece a una serie que seguiré publicando durante las próximas semanas.

 

Mis agradecimientos a Carolina, modelo en esta foto y a Geny, su madre, autora de «Al hilo» y la hacedora del precioso gorrito que lucía su hija.

 

 

6 Comentarios

  1. Iván Alonso

    Me ha encantado Laura…ese bocata de pata me suena, jajaja!!! Que «educada» la vecina del sexto…humm!!!

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  2. Mercedes

    Yaaa?
    Me he quedado con ganas de seguir aunque me encanta la sensación con la que me quedo y sigo mi relato particular.
    Eso que cuentas lo he vivido yo jajaja, al final con educación me las he ido ganando poco a poco y lo de salir de casa sin rumbo fijo también y sin prisas también lo he hecho, poco pero lo he hecho y es una gozada.
    Y para más recochineo, lo de plantar cara a una vecina lo hice hace dos semanas, sin discutir, con educación y ahora ni me mira baja, cómo somos.
    En fin, sigo imaginado el final del relato y te mando un besazo.
    Feliz fin de semana.

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  3. David Gangarossa

    Me encanta. Me ha parecido un relato bien europeo.
    No te detengas y sigue escribiendo.

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  4. mon

    Precioso. Que el momento se convierta en un algo, es el arte de un escritor. Hay días así. Y salen bien.
    Besos

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  5. Ana

    Ains me he quedado con ganas de más….me encanta….muak

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