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El reposo, relato corto original de Laube Leal.

El reposo

Toda mi vida fue un no parar, una huida continua hacia delante como una cadena perpetua. A los cincuenta y tres años, ya no podía más. Se me atragantaban hasta los amables buenos días que me daba la conductora del tranvía en el que iba de casa a la oficina y de esta de vuelta a casa o el amable saludo del chico que me servía el café con leche cada mañana en la cafetería de la esquina de mi casa. A todo respondía con una mirada de hastío que dejaba helada a la gente.

Durante algunos años, esa antipatía se enquistó y se impuso a lo que era mi temperamento natural, el que había venido en mi persona de serie. Yo no era así, pero las circunstancias ambientales y mi propia manera de actuar me habían llevado a convertirme en un ser amargado, despojado de las ganas de vivir. Era un zombi, como la mayoría de la gente del trabajo o con la que me cruzaba a diario. Yo lo sabía a ciencia cierta, pero seguía mirando en una única dirección.

Un día, mientras subía en el ascensor que me llevaba a la planta en la que trabajaba o, mejor dicho, donde me torturaban hasta la extenuación, me sentí mal. Una opresión atenazó mi pecho. Noté un apretón en la garganta y un fuerte calambre en el brazo que hizo que soltara el móvil y todas las carpetas que llevaba. Intenté asirme a la baranda de acero del ascensor… No recuerdo más de aquel instante.

Desperté. Abrí los ojos y no había nadie. La habitación estaba en una penumbra buscada. Intenté incorporarme y me dolió todo el tórax. Moví la cabeza a un lado y casi no pude. Algo me lo impedía. Un tubo enorme salía de mi boca. Me dieron unas arcadas horribles y el miedo se apoderó de mí. Las lágrimas fluían de mis ojos y me humedecían todo el rostro.

Oí unos pasos rápidos aproximándose. Era una enfermera alta, negra como el azabache, muy guapa y de mirada sagaz. La miré y me miró. Me sujetó la cara con ambas manos y me dijo que me estuviera tranquila, que respirase por la nariz de manera pausada, que en un momento me sacarían el tubo. De repente, había un montón de gente en la habitación, cogiendo cosas de un carro, moviéndose de un lado para otro y hablando sin parar. Al fondo, detrás de toda esa gente que se afanaba en mi comodidad, vi a Raúl. Tenía las manos tapándose la boca y una expresión cansada, pero feliz. Lo miré y le sonreí con los ojos. Se echó a llorar y a reír al mismo tiempo.

Después de un buen rato, ya podía respirar y moverme con cautela. Me dolía todo, pero estaba viva y entera. Raúl me tenía cogida la mano izquierda y me acariciaba el pelo mientras me decía que no podía seguir así, que tenía que dejar ese trabajo o acabaría conmigo. Yo no podía casi hablar, pues tenía la garganta dañada y me costaba tragar y, sin embargo, estaba contenta. Veía cómo se movían sus labios y escuchaba el sonido que salía de ellos, pero poco más. Seguro que lo que me decía era importante para él, pero yo solo me sentía dichosa por estar viva.

Todos me recomendaban lo mismo. Los médicos y todo el personal del hospital, así como Raúl, insistían una y otra vez en que ahora solo tenía que pensar en el reposo. “Tienes que descansar. No puedes seguir haciendo lo mismo o no lo contarás si te pasa una segunda vez“. Ellos, todos, lo decían. Yo ya lo sabía. Solo tenía que pensar en cómo poner en marcha mi único y ambicioso plan: disfrutar de la vida.

Relato corto original escrito por Laube Leal.

1 Comentar
  • Mon
    Escrito a las 19:23h, 06 marzo Responder

    Qué bonito Laura, un texto que lleva a la reflexión, a cómo vivimos hoy en día. Siempre corriendo, siempre de un lado a otro, y lo peor en actividades que nos hacen infeliz. Hace unos años yo iba al trabajo, con lágrimas en los ojos algún día. Auque nos cueste sacrificios, a veces hay uqe saber parar. Escribes como si las cosas estuvieran sucedicendo hoy. Besos bonita!

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